Anoche tomé una pequeña entrevista orientadora. Encontré su
anuncio en la calle, parecía obra del destino que dictara justo lo que yo
necesitaba: “¿Cómo saber si estás enamorado?”.
-Perfecto –dije mientras arrancaba uno de los múltiples
papelitos danzarines que colgaban del papelito más grande.
Llegué a mi casa y olvidé de este papelito. Aunque, de
alguna mágica manera, apareció sobre el teclado de mi computadora. Lo vi,
intenté recordar qué era. Cuando lo hice tomé el teléfono y me dispuse a llamar.
-4, 4, 2, 3, 1, 2, 5 y 4 –cada vez que decía un número me
acompañaba el común “bip” de todos los teléfonos. Excepto cuando presioné el
cinco, esa tecla se había roto hace mucho.
El tono de espera se había vuelto la banda sonora de mi obra
mental, la titulé: “¿Qué le pasó al cinco?”. Cuatro, bip; cuatro, bip; dos,
bip; tres, bip; uno, bip; dos, bip; cinco; y cuatro, bip.
-Hola, muy buenas tardes señor –el teléfono comenzó a hablar
-. Gracias por llamar a –en este momento la agradable y mecánica voz del hombre
se convirtió, sólo por una frase, en una dulce y joven voz de mujer-: “¿Cómo
saber si estás enamorado?” –ahora la joven volvió a permanecer en silencio,
pero en mi mente seguía esa familiar voz -. Por favor, espere y será atendido
por uno de nuestros operarios. Muchas gracias.
La voz de la dulce y joven volvió sólo para soltar cuatro
frases:
-¿Puedes describir cuánto la quieres?
-No –contesté firmemente, nunca pude, simplemente va más
allá del dominio humano sobre las lenguas.
-¿De verdad piensas que su vida sería mejor contigo en ella?
Piensa, piensa.
-Sí.
-¿Prometes que no la harás sufrir?
-Lo prometo, Voz del Teléfono.
-Disfruta del amor, querido –la voz le dio paso al otro
tono, el tono del final de mi incursión en la entrevista.
Y estoy aquí, parado en el portal de tu casa, sin tocar el
timbre, sin tocar la puerta, sin hacerme notar, pensando: ¿Qué responderías
vos?
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