viernes, 3 de enero de 2014

Pasto Rosa

 Camino por un páramo, el paso es rosa, los arbustos amarillos; el cielo rojo, las nubes no existen, estoy solo.

 No tengo la menor idea de cómo llegué este lugar. Ni que me importara, solo me dedico a caminar.
 El pasto es el del bueno, el que no se te mete en los zapatos, el que no molesta. Llego a un poblado. Los pobladores son inútiles figuras de arcilla, los animales hacen su propia voluntad alrededor de las casas. Las puertas están cerradas.
 La puerta abierta pertenece a una cabaña de troncos color uva, los lamo esperando que tengan sabor a eso, a uva. Que decepción, madera, asco. Entro en la casa, no hay pobladores, salgo de modo que llego a otro poblado, pero sus casas rojas me dan una mala impresión así que sigo caminando por el solitario pasto.


 Una brisa, algo cambia. Puedo oler algo. Estoy seguro de que no es sangre.
 Raro fue ver a esa clase de mujer en esa clase de lugar, durmiendo en ese pasto. Me acuesto sobre su pecho. No puedo ver sus facciones, menos su pelo. De hecho, no puedo verla, al parecer me quedé dormido.
 Encuentro una nota sobre mi regazo que dicta lo siguiente: “Gracias por la cita. Me hubiera gustado que viviéramos juntos por siempre, solo que, yo tampoco me veo ¿Quiénes somos amándonos?”. Profiero una palabrota y golpeo el pasto. Rápidamente me disculpo con él, no tiene la culpa de esto, solo es pasto. “Perdón, pastito mío, fue la ira del momento, no me abandones. Perdón, no otra vez. Perdón… No…”.


 El pasto parece enojado, decido seguir caminando, esperaré a que se le pase.


 Veo un desolado lugar a la distancia el cual evito rápidamente. Me topo con un bosque, camino y llego a un claro.
 Una gran roca yace en el medio, varias alrededor, todo tiene un aire a ritual pagano primigenio. No me equivocaba al parecer.
 Los indígenas copan el lugar y yo me sumo a ellos en el ritual. Cuando el asunto se empieza a poner más difícil me voy.


 Robé uno de los caballos de los indígenas y me dirigí a una ciudad subacuática que encontré entre el pasto rosada. Todo es azul.


 No paso mucho tiempo allí, los seres que habitan esos lares son imponentes, sin mencionar que muy peligrosos también.


 Una vez en el pasto veo un dragón volar. No, no ese dragón, uno del estilo oriental. Baja y se sitúa ceremoniosamente frente a mí.
 “¿Qué pasa acá?” Me dice. Le explico que según el molde de los cuentos él me tenía que dejar una metáfora, enseñanza; una epifanía, cualquier cosa de esa índole.


 “Ah, bien. Em, bueno, sí. No soy muy bueno en esto, ¿sí? No me apures. ¡Ah sí!” Cuando termina de decir estas palabras gira rápidamente y me golpea en el estómago con su cola, luego se desvanece en los aires.


 He vomitado mi corazón. Nunca fui muy normal pero, ¿Hielo, de verdad? ¿Mi corazón está congelado? Por favor, Señor Dragón Oriental ambos sabemos que eso es mentira. Él ya no está, se fue sabiendo que discutiría esto, que idiota.


 Me paso discutiendo un tiempo sobre un tópico fascinante que ya no recuerdo. Luego me pregunto el por qué de la metáfora del Señor Dragón, pero luego me olvido y sigo caminando.


 Veo a la señorita que estaba dormida en el pasto, está corriendo. Corro detrás de ella hasta alcanzarla, toco su hombro para llamar la atención y le pregunto: “¿Sabes por qué mi corazón es hielo?”. Me mira, se abalanza sobre mí, besándome, y desaparece.
 “Mierda” No golpeo al pasto.



 Me acuesto en el suelo y dejo el tiempo pasar, el pasto crece sobre mí, las raíces me toman. Termino siendo más pasto rosa. Termino esperando a alguien que se recueste conmigo. Termino yaciendo en paz, de una puta vez por todas.

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