Camino por un páramo,
el paso es rosa, los arbustos amarillos; el cielo rojo, las nubes no existen,
estoy solo.
No tengo la menor idea
de cómo llegué este lugar. Ni que me importara, solo me dedico a caminar.
El pasto es el del
bueno, el que no se te mete en los zapatos, el que no molesta. Llego a un
poblado. Los pobladores son inútiles figuras de arcilla, los animales hacen su
propia voluntad alrededor de las casas. Las puertas están cerradas.
La puerta abierta
pertenece a una cabaña de troncos color uva, los lamo esperando que tengan
sabor a eso, a uva. Que decepción, madera, asco. Entro en la casa, no hay
pobladores, salgo de modo que llego a otro poblado, pero sus casas rojas me dan
una mala impresión así que sigo caminando por el solitario pasto.
Una brisa, algo
cambia. Puedo oler algo. Estoy seguro de que no es sangre.
Raro fue ver a esa
clase de mujer en esa clase de lugar, durmiendo en ese pasto. Me acuesto sobre
su pecho. No puedo ver sus facciones, menos su pelo. De hecho, no puedo verla,
al parecer me quedé dormido.
Encuentro una nota
sobre mi regazo que dicta lo siguiente: “Gracias por la cita. Me hubiera
gustado que viviéramos juntos por siempre, solo que, yo tampoco me veo ¿Quiénes
somos amándonos?”. Profiero una palabrota y golpeo el pasto. Rápidamente me
disculpo con él, no tiene la culpa de esto, solo es pasto. “Perdón, pastito
mío, fue la ira del momento, no me abandones. Perdón, no otra vez. Perdón… No…”.
El pasto parece
enojado, decido seguir caminando, esperaré a que se le pase.
Veo un desolado lugar
a la distancia el cual evito rápidamente. Me topo con un bosque, camino y llego
a un claro.
Una gran roca yace en
el medio, varias alrededor, todo tiene un aire a ritual pagano primigenio. No
me equivocaba al parecer.
Los indígenas copan
el lugar y yo me sumo a ellos en el ritual. Cuando el asunto se empieza a poner
más difícil me voy.
Robé uno de los
caballos de los indígenas y me dirigí a una ciudad subacuática que encontré
entre el pasto rosada. Todo es azul.
No paso mucho tiempo
allí, los seres que habitan esos lares son imponentes, sin mencionar que muy
peligrosos también.
Una vez en el pasto
veo un dragón volar. No, no ese dragón, uno del estilo oriental. Baja y se
sitúa ceremoniosamente frente a mí.
“¿Qué pasa acá?” Me
dice. Le explico que según el molde de los cuentos él me tenía que dejar una metáfora,
enseñanza; una epifanía, cualquier cosa de esa índole.
“Ah, bien. Em, bueno,
sí. No soy muy bueno en esto, ¿sí? No me apures. ¡Ah sí!” Cuando termina de
decir estas palabras gira rápidamente y me golpea en el estómago con su cola,
luego se desvanece en los aires.
He vomitado mi
corazón. Nunca fui muy normal pero, ¿Hielo, de verdad? ¿Mi corazón está
congelado? Por favor, Señor Dragón Oriental ambos sabemos que eso es mentira.
Él ya no está, se fue sabiendo que discutiría esto, que idiota.
Me paso discutiendo
un tiempo sobre un tópico fascinante que ya no recuerdo. Luego me pregunto el por
qué de la metáfora del Señor Dragón, pero luego me olvido y sigo caminando.
Veo a la señorita que
estaba dormida en el pasto, está corriendo. Corro detrás de ella hasta
alcanzarla, toco su hombro para llamar la atención y le pregunto: “¿Sabes por
qué mi corazón es hielo?”. Me mira, se abalanza sobre mí, besándome, y
desaparece.
“Mierda” No golpeo al
pasto.
Me acuesto en el
suelo y dejo el tiempo pasar, el pasto crece sobre mí, las raíces me toman.
Termino siendo más pasto rosa. Termino esperando a alguien que se recueste
conmigo. Termino yaciendo en paz, de una puta vez por todas.
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